Leer no es solo pasar los ojos por una página. Leer es detenerse, imaginar, comprender, hacerse preguntas y descubrir que las palabras pueden abrir puertas que antes parecían cerradas. En una época marcada por la prisa, la dispersión y la dificultad para mantener la atención, la escuela tiene una misión especialmente importante: convertir la lectura en una experiencia significativa, no en una obligación vacía.
La lectura vuelve a ocupar un lugar central en el debate educativo y cultural. El reciente reconocimiento al Premio Literario San Clemente del IES Rosalía de Castro, en Santiago de Compostela, dentro de los Premios Nacionales al Fomento de la Lectura 2026, recuerda algo esencial: cuando los estudiantes participan activamente, opinan, dialogan con autores y se sienten parte de una comunidad lectora, los libros dejan de ser objetos lejanos y se convierten en encuentros vivos. Este proyecto, con más de treinta años de trayectoria, demuestra que leer también puede ser una forma de conversar con el mundo.
Leer más es necesario, pero leer mejor lo es todavía más. No basta con aumentar el número de libros o de actividades lectoras si no se cuida la calidad de la experiencia. Leer mejor significa comprender, interpretar, relacionar lo leído con la propia vida y aprender a expresar lo que se piensa. Una escuela que fomenta la lectura no solo mejora la competencia lingüística del alumnado, sino que también fortalece su pensamiento crítico, su sensibilidad y su capacidad para convivir con otras miradas.
La lectura también puede ser un refugio. En muchas aulas, un cuento, una novela, un poema o incluso una lectura compartida en voz alta crean un tiempo distinto, más lento y más humano. Allí el alumnado puede reconocerse, emocionarse, preguntar, dudar y sentirse acompañado. La palabra bien trabajada en la escuela ayuda a ordenar el pensamiento y también las emociones. Por eso, leer no debería entenderse únicamente como una tarea académica, sino como una práctica de cuidado intelectual y personal.
Los planes de lectura escolares tienen sentido cuando no se quedan en documentos formales, sino cuando entran en la vida real del centro. El Ministerio de Educación ha convocado premios para reconocer iniciativas que mejoran la competencia lectora, el tratamiento de la información, el pensamiento crítico y la creatividad del alumnado, lo que muestra que la lectura sigue siendo una prioridad educativa de primer orden. Pero ningún plan funcionará si no cuenta con docentes convencidos, bibliotecas vivas, familias implicadas y tiempos reales para leer dentro de la jornada escolar.
La escuela debe defender la lectura como un derecho y como una posibilidad de igualdad. No todos los niños y jóvenes crecen rodeados de libros, conversaciones culturales o adultos lectores. Por eso, el centro educativo puede compensar desigualdades y ofrecer a cada estudiante la oportunidad de descubrir autores, géneros, historias y palabras que quizá no encontraría fuera del aula. El nuevo Plan de Fomento de la Lectura 2026-2030, presentado bajo la idea de que leer es un derecho, apunta precisamente a esa dimensión social, cultural y educativa de la lectura.
Leer más y leer mejor exige paciencia. No se consigue solo con campañas puntuales ni con imponer lecturas sin acompañamiento. Se consigue cuando el profesorado recomienda con entusiasmo, cuando se escucha la voz del alumnado, cuando se permite elegir, cuando se lee en clase, cuando se conversa sobre lo leído y cuando la biblioteca escolar deja de ser un lugar silencioso y apartado para convertirse en el corazón cultural del centro.
La escuela que protege la palabra protege también la capacidad de pensar. Cada estudiante que aprende a leer con profundidad gana una herramienta para comprenderse mejor a sí mismo y para mirar la realidad con más libertad. En ese gesto sencillo de abrir un libro, compartir una frase o comentar una historia, la educación recupera una de sus tareas más nobles: formar personas capaces de imaginar, dialogar y construir un mundo más habitable.