El pasado 19 de diciembre, el diario ABC publicó uno de mis artículos bajo el título “La rebeldía de prestar atención”. No fue una casualidad ni un gesto nostálgico. Fue, sobre todo, una llamada de alerta.
Vivimos en una época en la que la atención se ha convertido en el bien más escaso. No porque falte inteligencia, curiosidad o deseo de aprender, sino porque competimos —especialmente en la escuela— con un ecosistema digital diseñado para fragmentar el pensamiento y colonizar cada segundo de nuestra mirada.
En el artículo publicado en ABC, planteo una idea que veo cada día en el aula: nuestros jóvenes no han dejado de querer aprender; lo que ocurre es que se les exige pensar en profundidad mientras viven rodeados de estímulos que les empujan justo en la dirección contraria. Notificaciones constantes, consumo rápido de contenido, ausencia de silencio y dificultad para sostener una idea sin interrupciones.
Ante este escenario, la educación no puede limitarse a “adaptarse” a la tecnología sin más. Nuestra tarea como docentes ha cambiado. Hoy, enseñar implica también crear espacios de pausa, de concentración, de pensamiento lento. Espacios donde leer sin prisas, debatir mirándonos a los ojos o incluso aburrirse —porque del aburrimiento nace la creatividad— se convierten en actos casi subversivos.
Defender la atención es defender la capacidad de pensar, de elegir, de construir criterio propio. Por eso hablo de rebeldía. Porque en un mundo que nos quiere siempre disponibles, enseñar a detenerse es un acto profundamente educativo y profundamente humano.
Que este artículo haya encontrado espacio en un medio como ABC refuerza una convicción que mantengo desde hace años: el debate sobre educación, tecnología y pensamiento crítico no es un asunto menor ni exclusivo de las aulas. Es un debate social, cultural y ético que nos interpela a todos.
Seguiremos hablando de ello. Porque educar, hoy más que nunca, es ayudar a rescatar la atención para devolverle su verdadero valor.
