Imaginemos por un momento una clase donde el profesor entra y dice: “Hoy vamos a desaprender”. El alumnado lo mira con cara de “¿Se te ha ido la cabeza?” y probablemente alguien suelte un “¿eso va a entrar en el examen?”. Pero lo cierto es que el acto de desaprender —de cuestionar lo que damos por sentado, de soltar certezas oxidadas y hacer espacio para otras formas de entender— es quizá una de las competencias más urgentes de la educación actual. El problema es que el sistema educativo, con su amor por los temarios cerrados y las rúbricas milimetradas, no está precisamente diseñado para el caos creativo de desaprender. Y sin embargo, allí es donde puede germinar la verdadera transformación.
Durante décadas hemos enseñado desde esquemas rígidos: contenidos fragmentados, roles muy definidos (el que enseña y el que aprende), evaluaciones que miden más la capacidad de repetir que de pensar. Pero el mundo ha cambiado —y mucho— mientras algunas escuelas siguen funcionando como si estuviéramos en 1953. En un contexto donde la información caduca más rápido que el yogur, ¿tiene sentido que insistamos en llenar cabezas como si fueran depósitos? Tal vez lo que necesitamos es aprender a vaciar un poco, a soltar lo que ya no sirve y a mirar con sospecha las recetas pedagógicas heredadas.
Desaprender no significa renunciar al conocimiento, sino hacerle preguntas. ¿Quién decidió que esto se enseña así? ¿Por qué este contenido es obligatorio y este otro no? ¿Qué saberes están ausentes en nuestros libros de texto? ¿A quién beneficia que las cosas se sigan haciendo de esta manera? Invitar a desaprender es formar a personas capaces de pensar críticamente incluso sobre lo que han aprendido en la escuela. Y eso, aunque suene a rebeldía organizada, es profundamente educativo.
Claro, todo esto no se consigue con una sesión de tutoría sobre “pensamiento crítico” ni colgando un cartel inspirador en la entrada. Requiere prácticas distintas, valentía para probar, e incluso cierto sentido del humor. Porque desaprender implica admitir que no lo sabemos todo, que podemos equivocarnos y que está bien no tener siempre respuestas. Es una pedagogía del “no sé, pero vamos a averiguarlo juntos”, que humaniza la relación educativa y le devuelve la curiosidad al centro del aula.
Educar para desaprender es una forma de resistencia pedagógica. Un acto de humildad intelectual. Un gesto subversivo que consiste en mirar al alumnado no como recipientes a llenar, sino como mentes capaces de replantearse el mundo. En una época de algoritmos que nos dicen qué pensar, quizás el mayor acto educativo sea enseñar a dudar.