¿Podemos asegurar el aprendizaje utilizando la IA?

Hoy he tenido la oportunidad de impartir la charla “¿Podemos asegurar el aprendizaje utilizando la IA?” ante cerca de 200 profesores y profesoras en el marco del II Congrés de Professorat STEM, organizado por el ICE de la UPC y el Departament d’Educació de la Generalitat de Catalunya.

Más allá de la conferencia en sí, me quedo con algo que considero muy significativo: el enorme interés que despertó el tema y el debate posterior que se generó entre los asistentes. La inteligencia artificial no es ya una cuestión lejana, ni una moda pasajera, ni un asunto reservado a especialistas tecnológicos. Es una realidad que está entrando de lleno en las aulas y que interpela directamente a la esencia de nuestra profesión docente.

La pregunta que articulaba la charla no era una pregunta menor. No se trataba simplemente de hablar de herramientas, aplicaciones o trucos para ahorrar tiempo. La cuestión de fondo era mucho más profunda: si la IA puede escribir, resumir, resolver, programar, generar materiales y producir respuestas aparentemente correctas, ¿cómo sabemos que el estudiante ha aprendido realmente?

Durante mucho tiempo, buena parte de nuestro sistema educativo ha descansado sobre la evaluación de productos finales: un informe, una práctica, un trabajo, una memoria, una resolución de problemas o un examen no presencial. Pero cuando esos productos pueden ser generados o mejorados por una herramienta de IA en cuestión de segundos, el sistema empieza a tambalearse. No porque la IA sea necesariamente una amenaza, sino porque nos obliga a revisar con rigor qué estamos evaluando.

Uno de los argumentos centrales de la charla fue precisamente este: la IA no es solo una nueva herramienta; es un cambio de paradigma cultural, social y pedagógico. Reducirla a una simple utilidad técnica sería un error. La IA transforma nuestra relación con la información, con la creación, con el esfuerzo cognitivo y con la autoría. Por eso no basta con preguntarnos qué herramienta usar, sino que debemos preguntarnos qué significa aprender en este nuevo contexto. En la presentación planteé esta idea como punto de partida: la IA no debe entenderse únicamente como tecnología, sino como un cambio que afecta al modo en que enseñamos, aprendemos y evaluamos.

La preocupación del profesorado es real. Y, desde mi punto de vista, es una preocupación sana. No nace del rechazo a la tecnología, sino de la responsabilidad profesional. Los docentes no están preguntando solo “cómo detectar si un alumno ha usado IA”, sino algo mucho más importante: cómo diseñar experiencias de aprendizaje en las que el uso de la IA no sustituya el pensamiento, sino que lo haga más visible, más exigente y más consciente.

En la charla defendí que no podemos responder a este reto únicamente desde la prohibición. Prohibir puede ser necesario en algunos contextos concretos, especialmente cuando queremos comprobar autoría individual o determinadas competencias básicas. Pero una política exclusivamente prohibitiva será insuficiente. La IA ya está aquí, los estudiantes la conocen, la utilizan o la utilizarán. Por eso necesitamos pasar de una lógica de vigilancia a una lógica de rediseño pedagógico.

Ese rediseño debe apoyarse en varias ideas clave:

La primera es desplazar parte del peso de la evaluación hacia el proceso. No basta con mirar el producto final; necesitamos observar cómo se ha construido, qué decisiones ha tomado el estudiante, qué errores ha corregido, qué fuentes ha contrastado y qué parte del trabajo puede defender oralmente o aplicar en una situación nueva.

La segunda es incorporar la transparencia. Si permitimos el uso de IA en una actividad, debemos pedir al alumnado que declare cómo la ha utilizado, con qué límites y qué decisiones humanas ha tomado sobre el resultado generado. No se trata de aceptar cualquier uso de forma acrítica, sino de educar en un uso responsable, consciente y verificable.

La tercera es mantener el juicio humano como elemento central. La IA puede ayudarnos a generar variantes de ejercicios, diseñar rúbricas, preparar feedback orientativo, detectar posibles errores o reducir tareas repetitivas. Pero no puede asumir la responsabilidad educativa final. Evaluar no es solo corregir; es interpretar, acompañar, contextualizar y tomar decisiones sobre el aprendizaje de una persona.

En este punto, creo que la IA nos devuelve a las preguntas esenciales de la educación: ¿qué quiere decir aprender?, ¿qué quiere decir enseñar?, ¿qué evidencias necesitamos para confiar en que se ha producido aprendizaje?, ¿qué tareas siguen teniendo sentido y cuáles debemos transformar?

El debate posterior confirmó que estas preguntas están muy vivas entre el profesorado. Hubo mucho interés, muchas intervenciones y una preocupación compartida por encontrar criterios claros. No percibí tecnofobia, sino necesidad de brújula. Los profesores quieren orientaciones, marcos de actuación, ejemplos concretos y criterios que les permitan tomar decisiones sin caer ni en el entusiasmo ingenuo ni en el miedo paralizante.

También quedó claro que el impacto de la IA no es igual en todas las actividades. Las tareas más vulnerables son aquellas que se realizan de forma aislada, asincrónica y centrada en un producto fácilmente generable: determinadas prácticas de programación, informes técnicos, memorias, trabajos escritos o pruebas no presenciales. En cambio, las actividades presenciales, las defensas orales, los procesos guiados, la resolución contextualizada y las tareas donde el estudiante debe explicar sus decisiones ofrecen más oportunidades para verificar el aprendizaje.

Mi conclusión es que la IA no elimina la necesidad de aprender. Al contrario: hace más necesario que nunca aprender bien. Porque en un mundo donde las respuestas son abundantes, lo decisivo será saber formular buenas preguntas, interpretar resultados, detectar errores, argumentar decisiones y actuar con criterio.

La IA puede ser una gran aliada del profesorado si la situamos en el lugar adecuado. Puede ayudarnos a diseñar mejor, a personalizar, a generar materiales, a dar más feedback y a liberar tiempo para lo verdaderamente importante. Pero el centro de la educación no puede ser la herramienta. El centro sigue siendo el aprendizaje, la relación pedagógica y la formación de personas capaces de pensar por sí mismas.

Después de la charla de hoy, me voy con una sensación muy positiva. El interés de casi 200 docentes y el debate generado muestran que estamos ante una preocupación real, compartida y urgente. Pero también muestran algo esperanzador: el profesorado quiere afrontar este cambio con rigor, con responsabilidad y con sentido educativo.

Quizá la pregunta no sea solo si podemos asegurar el aprendizaje utilizando la IA. Quizá la pregunta más profunda sea esta: ¿seremos capaces de rediseñar la educación para que, en la era de la IA, aprender siga significando pensar, comprender y crecer?

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