Hay un momento del verano en que algo cambia.
No aparece en el calendario escolar ni tiene una fecha oficial, pero todos lo reconocemos.
Suele ocurrir en la segunda mitad de agosto.
Los días siguen siendo largos, continúa haciendo calor y todavía quedan vacaciones, pero septiembre comienza a asomarse por algún rincón. Aparecen los primeros mensajes, las primeras conversaciones sobre horarios, libros, grupos, reuniones, proyectos y comienzos de curso.
Y casi sin darnos cuenta empezamos a pensar otra vez en la escuela.
Para muchos docentes, estos días tienen algo de frontera.
Todavía estamos en verano, pero nuestra cabeza empieza a regresar al aula.
No deberíamos volver exactamente igual
Cada septiembre tiene algo de repetición.
Nuevos alumnos, nuevos horarios, nuevas programaciones… pero muchas rutinas conocidas.
Quizá por eso estos últimos días de agosto pueden ser un buen momento para hacerse una pregunta incómoda:
¿Vamos a comenzar otro curso haciendo básicamente lo mismo que el anterior?
La educación está viviendo una transformación enorme.
La inteligencia artificial ya forma parte de la vida cotidiana. Nuestros alumnos acceden a cantidades de información difíciles de imaginar hace apenas unos años. Las redes sociales condicionan su forma de comunicarse, informarse y relacionarse. Los problemas de atención, desinformación, bienestar emocional y convivencia forman parte de la realidad de muchos centros.
Sin embargo, en ocasiones seguimos organizando la enseñanza como si el mundo hubiera cambiado mucho menos de lo que realmente ha cambiado.
Septiembre no debería empezar por el temario
Cuando comienza un curso, nuestra primera preocupación suele ser cuánto contenido tenemos que impartir.
Quizá deberíamos invertir el orden.
Antes de preguntarnos qué tenemos que enseñar, podríamos preguntarnos:
¿Qué necesitan aprender hoy nuestros alumnos para desenvolverse en el mundo que tienen delante?
Pensar críticamente.
Distinguir información fiable de aquella que no lo es.
Utilizar la inteligencia artificial sin delegar en ella el pensamiento.
Aprender a formular preguntas.
Trabajar con otros.
Comunicar ideas.
Resolver problemas.
Gestionar la frustración.
Ser curiosos.
Tomar decisiones.
Y, naturalmente, adquirir conocimiento.
Porque pensamiento crítico sin conocimiento tampoco existe.
La gran conversación pendiente sobre la inteligencia artificial
El próximo curso difícilmente podremos seguir tratando la inteligencia artificial como una novedad tecnológica.
Ya no lo es.
Está presente en teléfonos, buscadores, aplicaciones, plataformas educativas y herramientas de trabajo.
La cuestión educativa ya no es si nuestros alumnos utilizarán inteligencia artificial.
La utilizarán.
La verdadera pregunta es cómo queremos que la utilicen.
Copiar una respuesta generada por una máquina no es aprender.
Pero utilizar una herramienta de IA para contrastar información, analizar diferentes argumentos, plantear hipótesis, recibir retroalimentación o explorar un problema puede convertirse en una poderosa experiencia educativa.
El reto no consiste en llenar las aulas de inteligencia artificial.
Consiste en conseguir que, aunque haya más inteligencia artificial, siga habiendo pensamiento humano.
Tal vez necesitemos menos novedades y mejores preguntas
Cada comienzo de curso aparecen nuevas plataformas, nuevas metodologías, nuevas aplicaciones y nuevas herramientas.
Todas prometen transformar la educación.
Algunas serán útiles.
Otras desaparecerán rápidamente.
Pero quizá las preguntas verdaderamente importantes siguen siendo bastante antiguas:
¿Nuestros alumnos comprenden lo que aprenden?
¿Sienten curiosidad?
¿Saben explicar lo que piensan?
¿Son capaces de equivocarse y volver a intentarlo?
¿Aprenden a convivir con personas diferentes?
¿Salen de nuestras aulas con más preguntas que cuando entraron?
Si la respuesta es afirmativa, probablemente estaremos haciendo algo importante.
Todavía queda verano
Afortunadamente, todavía queda agosto.
Todavía quedan tardes largas, conversaciones, paseos, libros, encuentros y momentos en los que no es necesario mirar el reloj.
No hace falta convertir estos últimos días en una preparación intensiva del curso.
Quizá basta con empezar a imaginarlo.
Porque dentro de muy poco volverán a abrirse las puertas de las aulas.
Y frente a nosotros habrá nuevos alumnos, nuevas historias y nuevas oportunidades.
Podemos comenzar otro curso.
O podemos intentar comenzar un curso diferente.
Tal vez esa sea la mejor pregunta para estos últimos días de agosto.