PISA 2025: quizá el problema no sea la tecnología, sino haber olvidado para qué sirve la escuela

Los resultados de PISA 2025 deberían preocuparnos. Pero quizá deberían preocuparnos todavía más si nuestra única reacción consiste en buscar rápidamente un culpable.

España ha obtenido sus peores resultados históricos en lectura, matemáticas y ciencias. Respecto a la edición anterior, el descenso es especialmente significativo en comprensión lectora y matemáticas. Además, una parte importante del alumnado no alcanza los niveles básicos de competencia y seguimos teniendo pocos estudiantes en los niveles de excelencia.

No estamos, además, ante un problema exclusivamente español. La OCDE señala que el rendimiento medio también ha descendido en numerosos países y que uno de cada cinco estudiantes de 15 años presenta ya un rendimiento bajo simultáneamente en lectura, matemáticas y ciencias.

Algo está ocurriendo.

Y probablemente sería demasiado sencillo explicarlo con una única causa.

No todo es culpa de las pantallas

Resulta tentador afirmar que la tecnología ha destruido la educación.

No lo creo.

Los ordenadores, las tabletas, Internet y ahora la inteligencia artificial pueden convertirse en extraordinarias herramientas educativas. Nos permiten acceder al conocimiento, experimentar, crear, investigar, comunicarnos y personalizar determinados procesos de aprendizaje.

El problema aparece cuando confundimos tener tecnología con aprender mejor.

Durante años hemos introducido dispositivos en las aulas sin preguntarnos siempre qué actividad cognitiva queríamos provocar con ellos. En algunos momentos parecía que sustituir un libro por una pantalla era, por sí mismo, innovar.

Y no lo era.

PISA vuelve a poner encima de la mesa un fenómeno que los docentes observamos diariamente: alumnos que tienen acceso a más información que ninguna generación anterior y que, paradójicamente, encuentran cada vez más dificultades para mantener la atención, comprender un texto complejo, seleccionar información relevante o perseverar ante un problema que no se resuelve inmediatamente.

La propia OCDE relaciona parte del deterioro internacional con cambios en los hábitos de lectura, la motivación, el esfuerzo y determinados usos de los dispositivos digitales.

Quizá el debate, por tanto, no debería ser tecnología sí o tecnología no.

La pregunta debería ser mucho más sencilla:

¿Esta tecnología está ayudando realmente al alumno a pensar?

El verdadero problema puede estar en la lectura

Hay un dato que debería ocupar muchas reuniones de claustro durante este curso: el fuerte deterioro de la comprensión lectora.

Leer no consiste únicamente en reconocer palabras.

Leer significa comprender, relacionar, interpretar, cuestionar, anticipar, inferir y construir significado.

Y esas competencias afectan prácticamente a todas las materias.

Un alumno que no comprende bien un texto tendrá dificultades en Lengua, pero también en Física cuando deba interpretar un problema; en Matemáticas cuando tenga que distinguir los datos relevantes; en Historia cuando deba analizar una fuente; o en Biología cuando necesite comprender una explicación científica.

Por eso la lectura no debería ser responsabilidad exclusiva del departamento de Lenguas.

En la escuela todos somos profesores de lectura.

También los profesores de ciencias.

También los de matemáticas.

También los de tecnología.

Porque enseñar una materia significa también enseñar a comprender el lenguaje con el que esa materia explica el mundo.

La generación de la respuesta inmediata

Existe además otro cambio que quizá deberíamos analizar.

Nuestros alumnos han crecido rodeados de respuestas inmediatas.

Una duda encuentra solución en segundos.

Un vídeo que no interesa se cambia inmediatamente.

Una canción puede saltarse.

Una conversación puede abandonarse.

Una respuesta puede generarse ahora incluso con inteligencia artificial.

Pero aprender funciona de otra manera.

Aprender requiere momentos de dificultad.

Requiere equivocarse.

Requiere volver atrás.

Requiere mantener una pregunta abierta durante un tiempo.

Requiere esfuerzo.

Y quizá una de las grandes tareas educativas de los próximos años sea precisamente recuperar el valor de esa espera.

No todo debe ser inmediato.

No todo debe ser sencillo.

No todo aprendizaje tiene que ser entretenido permanentemente.

Hay momentos en los que aprender significa enfrentarse durante veinte minutos a un problema que no sabemos resolver.

Y esos veinte minutos pueden ser extraordinariamente educativos.

La inteligencia artificial hace todavía más necesaria esta reflexión

La aparición de la inteligencia artificial generativa amplifica el problema, pero también abre una enorme oportunidad.

Nunca habíamos tenido una tecnología capaz de ofrecernos respuestas tan rápidamente.

Por eso nunca había sido tan importante enseñar a nuestros alumnos a formular preguntas, contrastar información, detectar errores, argumentar y tomar decisiones.

La escuela ya no puede limitarse a transmitir información.

La información está disponible en todas partes.

Nuestra responsabilidad es enseñar a trabajar intelectualmente con ella.

Ante una respuesta generada por una inteligencia artificial, un alumno debería aprender a preguntarse:

¿Es correcta?

¿De dónde procede?

¿Existe otra interpretación?

¿Qué información falta?

¿Estoy de acuerdo?

¿Podría demostrarlo?

¿Qué decisión tomaría yo?

Es precisamente aquí donde aparece aquello que ninguna tecnología debería sustituir: el criterio humano.

Quizá necesitamos menos estímulos y más profundidad

Durante años hemos hablado de metodologías activas, digitalización, innovación, competencias, proyectos y nuevas herramientas.

Todo ello puede ser extraordinariamente valioso.

Pero quizá ha llegado el momento de añadir algunas palabras que parecían antiguas y que vuelven a resultar profundamente innovadoras:

leer.

escribir.

pensar.

concentrarse.

memorizar aquello que merece ser recordado.

resolver problemas.

argumentar.

equivocarse.

volver a intentarlo.

La innovación educativa no consiste siempre en añadir cosas.

A veces consiste en recuperar aquello que nunca deberíamos haber perdido.

PISA no puede explicarlo todo

También debemos ser prudentes.

PISA no mide toda la educación.

No mide la capacidad de un adolescente para cuidar de otra persona, trabajar cooperativamente, crear una obra artística, desarrollar valores, superar una dificultad personal o comprometerse con su comunidad.

La educación es mucho más grande que cualquier evaluación internacional.

Pero tampoco deberíamos utilizar ese argumento para ignorar unos resultados incómodos.

Cuando miles de estudiantes muestran dificultades crecientes para comprender textos, utilizar las matemáticas o interpretar científicamente el mundo, tenemos una responsabilidad colectiva de analizar qué está ocurriendo.

Sin buscar culpables.

Sin convertir cada dato en una batalla política.

Sin utilizar la educación como arma arrojadiza.

Preguntándonos simplemente qué necesitan nuestros alumnos para aprender mejor.

La escuela como refugio cognitivo

Quizá una de las misiones más importantes de la escuela del siglo XXI sea convertirse en algo que hace unos años habría parecido innecesario:

un lugar donde todavía sea posible concentrarse.

Un espacio donde durante un tiempo no haya notificaciones.

Donde podamos leer diez páginas seguidas.

Donde una pregunta no tenga respuesta inmediata.

Donde podamos discutir una idea.

Donde equivocarse no sea un fracaso.

Donde el profesor no sea únicamente alguien que transmite información, sino alguien que acompaña al alumno en el difícil proceso de aprender a pensar.

No necesitamos una escuela enfrentada a la tecnología.

Necesitamos una escuela capaz de decidir cuándo utilizarla y cuándo apagarla.

Una escuela que aproveche todo el potencial de la inteligencia artificial, pero que proteja aquello que ninguna inteligencia artificial debería sustituir.

La curiosidad.

El esfuerzo.

La conversación.

La lectura.

La duda.

El pensamiento crítico.

Y, sobre todo, la capacidad de decidir por nosotros mismos.

Después de conocer los resultados de PISA 2025, quizá la pregunta más importante no sea qué dispositivo debemos incorporar ahora a las aulas.

Quizá sea otra mucho más sencilla:

¿Estamos dejando suficiente espacio para que nuestros alumnos piensen?

En un mundo diseñado permanentemente para captar nuestra atención, la escuela puede tener una nueva responsabilidad.

Convertirse, más que nunca, en un refugio cognitivo

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