PISA, inteligencia artificial y esfuerzo cognitivo: el problema no es la tecnología, sino cómo la usamos

Los resultados de las pruebas PISA 2025 dibujan una imagen que debería preocuparnos mucho más allá de una simple bajada de puntuaciones. No estamos hablando únicamente de matemáticas, lectura o ciencias. Estamos hablando de cómo están aprendiendo nuestros alumnos, cuánto esfuerzo intelectual están dispuestos a sostener y qué papel queremos que desempeñe la inteligencia artificial en todo ello.

Durante los últimos años hemos discutido mucho sobre pantallas, móviles, metodologías, recursos, ratios, disciplina o inversión educativa. Son debates necesarios. Pero quizá estemos dejando en un segundo plano una cuestión más profunda: ¿estamos entrenando realmente la capacidad de pensar?

Cuando el problema no está solo en quienes tienen más dificultades

Uno de los aspectos más interesantes de los datos presentados es que el deterioro no parece concentrarse exclusivamente en los estudiantes con peores resultados.

También aparecen señales preocupantes entre los alumnos de mayor rendimiento.

Esto debería hacernos reflexionar.

Cuando baja únicamente el alumnado con mayores dificultades podemos buscar explicaciones relacionadas con desigualdad, apoyo familiar, recursos o situaciones sociales. Pero cuando también disminuye el rendimiento de quienes tradicionalmente obtenían mejores resultados, probablemente estemos ante un fenómeno mucho más transversal.

Podríamos estar hablando de un cambio en los hábitos cognitivos de toda una generación.

Leer durante mucho tiempo, enfrentarse a un problema difícil, equivocarse varias veces, volver atrás, analizar información contradictoria o mantener la concentración durante una tarea que no proporciona una recompensa inmediata son capacidades que necesitan entrenamiento.

Y ese entrenamiento quizá esté disminuyendo.

La generación de la respuesta inmediata

Nuestros alumnos viven rodeados de herramientas extraordinarias.

Nunca había sido tan sencillo acceder al conocimiento. Una duda puede resolverse en segundos. Un texto puede resumirse automáticamente. Una ecuación puede solucionarse fotografiándola. Una inteligencia artificial generativa puede escribir un trabajo, elaborar un esquema o responder una pregunta casi instantáneamente.

Eso representa una oportunidad educativa enorme.

Pero también plantea una paradoja.

Cuanto más fácil resulta obtener una respuesta, más importante se vuelve enseñar a construirla.

La presentación muestra precisamente una posible transformación en el comportamiento del alumnado ante tareas cognitivamente exigentes: frente a preguntas difíciles o textos extensos, aumenta la tendencia a responder rápidamente, abandonar o buscar el camino que requiere menos esfuerzo.

No deberíamos interpretar esto simplemente como falta de interés.

El cerebro también se acostumbra.

Si continuamente eliminamos la dificultad, acabamos eliminando parte del entrenamiento necesario para enfrentarnos a ella.

Y entonces apareció la inteligencia artificial generativa

Aquí aparece el gran debate.

ChatGPT y posteriormente el resto de herramientas de inteligencia artificial generativa han puesto en manos de millones de estudiantes algo que hasta hace muy poco parecía ciencia ficción.

Podemos pedir:

«Explícame este concepto».

Pero también podemos pedir:

«Hazme este ejercicio».

Podemos escribir:

«Ayúdame a entender por qué me he equivocado».

O simplemente:

«Hazme el trabajo».

La tecnología es prácticamente la misma.

Lo que cambia radicalmente es el proceso cognitivo que provoca.

Y esta diferencia es fundamental.

La presentación plantea una hipótesis provocadora: el problema no sería la existencia de la inteligencia artificial, sino su utilización como mecanismo permanente de sustitución del esfuerzo intelectual.

Es una distinción que comparto.

Dos formas completamente diferentes de utilizar la IA

Podríamos imaginar dos alumnos frente al mismo problema.

El primero recibe una actividad y la introduce directamente en una inteligencia artificial. Copia la respuesta, la modifica ligeramente y la entrega.

Ha terminado rápidamente.

Pero probablemente haya aprendido poco.

El segundo intenta resolverla. Se bloquea. Pregunta a la IA qué concepto debería revisar. Le pide una explicación diferente. Contrasta la respuesta con sus apuntes. Vuelve al problema y finalmente lo resuelve.

Los dos han utilizado inteligencia artificial.

Pero educativamente han hecho cosas completamente distintas.

En el primer caso, la IA actúa como sustituto cognitivo.

En el segundo, funciona como amplificador cognitivo.

Me gusta pensar en ello utilizando una comparación sencilla: el gimnasio.

Nadie desarrolla musculatura mirando cómo otra persona levanta las pesas.

Con el pensamiento ocurre exactamente lo mismo.

Podemos tener el mejor entrenador personal del mundo, pero el esfuerzo muscular debemos realizarlo nosotros. La inteligencia artificial puede convertirse en un extraordinario entrenador intelectual. Puede orientar, explicar, proporcionar ejemplos, plantear preguntas y ofrecer feedback.

Pero no debería levantar siempre las pesas por nosotros.

Prohibir la IA tampoco parece la solución

Ante esta situación existe una reacción comprensible: prohibir.

Si la inteligencia artificial genera problemas, eliminémosla del aula.

Creo que sería un error.

La escuela no puede convertirse en un lugar artificialmente aislado de las herramientas que los alumnos utilizarán en la universidad, en su trabajo y prácticamente en cualquier profesión.

La cuestión no es elegir entre IA sí o IA no.

La pregunta interesante es:

¿qué usos de la IA generan aprendizaje y cuáles lo sustituyen?

Esto obliga a cambiar también algunas actividades escolares.

Si una tarea puede resolverse copiando una pregunta en una inteligencia artificial y pegando la respuesta obtenida, quizá debamos preguntarnos si esa tarea sigue teniendo sentido.

Necesitamos actividades donde haya que comparar, justificar, relacionar, experimentar, discutir, defender decisiones, detectar errores o explicar procesos.

La IA puede participar.

Pero el alumno debe seguir pensando.

El profesor será todavía más importante

Existe además una idea paradójica.

Cuanto mejores sean las máquinas, más importante será aquello que únicamente puede aportar una persona.

Una inteligencia artificial puede explicar un contenido cientos de veces sin cansarse.

Puede adaptar una explicación.

Puede corregir determinados ejercicios.

Puede proporcionar ejemplos.

Puede incluso generar materiales personalizados.

Entonces, ¿qué queda para el profesor?

Muchísimo.

Motivar a un adolescente que ha dejado de confiar en sí mismo.

Saber cuándo exigir y cuándo acompañar.

Crear un clima donde equivocarse sea posible.

Detectar una mirada que indica que algo no va bien.

Enseñar convivencia.

Provocar curiosidad.

Ayudar a distinguir conocimiento de información.

Y, sobre todo, diseñar experiencias en las que aprender vuelva a significar pensar.

Por eso la inteligencia artificial no disminuye el valor del profesor.

Puede aumentarlo.

Pero probablemente modificará profundamente nuestro papel.

El verdadero peligro: una escuela que cambia más lentamente que el mundo

La presentación introduce también otra cuestión incómoda: la lentitud de los sistemas educativos.

La tecnología evoluciona en meses.

Las estructuras educativas, muchas veces, necesitan años.

Entre una innovación y su llegada real al aula aparecen normativas, administraciones, miedo al error, burocracia y numerosos niveles de decisión.

Mientras discutimos qué hacer con la inteligencia artificial, nuestros alumnos ya la están utilizando.

La pregunta no es si llegará a la educación.

Ya ha llegado.

Por eso necesitamos centros con capacidad para experimentar responsablemente, profesores formados y administraciones capaces de diferenciar innovación de improvisación.

No podemos afrontar una revolución tecnológica únicamente mediante prohibiciones.

Pero tampoco podemos abrazarla sin criterio.

PISA debería servir para hacernos preguntas

Personalmente, nunca he considerado que PISA pueda explicar por sí sola la calidad de un sistema educativo.

Educar es muchísimo más que obtener una puntuación.

Pero sería igualmente absurdo ignorar las señales que proporcionan los datos.

Cuando nuestros alumnos muestran dificultades crecientes para mantener la concentración, enfrentarse a textos complejos o perseverar ante problemas difíciles, deberíamos preguntarnos qué está ocurriendo.

La respuesta no será única.

La pandemia dejó consecuencias.

Los hábitos digitales influyen.

Los cambios familiares y sociales también.

Las metodologías educativas tienen responsabilidad.

Y ahora debemos añadir una tecnología extremadamente poderosa: la inteligencia artificial generativa.

Sería simplista convertirla en culpable de todos nuestros problemas.

Pero sería igual de ingenuo pensar que una herramienta capaz de proporcionar instantáneamente respuestas, textos, razonamientos y soluciones no tendrá ningún efecto sobre la manera en que nuestros alumnos aprenden.

La pregunta educativa del siglo XXI

Quizá la gran competencia educativa de los próximos años no sea saber utilizar inteligencia artificial.

Eso probablemente lo aprenderán rápidamente.

La verdadera competencia será saber cuándo utilizarla y cuándo no hacerlo.

Saber cuándo pedir ayuda y cuándo perseverar.

Cuándo aceptar una respuesta y cuándo cuestionarla.

Cuándo automatizar una tarea y cuándo realizarla personalmente porque precisamente en ese esfuerzo reside el aprendizaje.

Por eso el futuro de la educación no debería enfrentar al ser humano con la máquina.

Necesitamos alumnos capaces de aprovechar unas herramientas extraordinarias sin delegar en ellas aquello que necesitan aprender a hacer por sí mismos.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a crear una educación mejor.

Puede personalizar.

Puede acompañar.

Puede democratizar determinadas oportunidades.

Puede liberar al profesor de tareas rutinarias.

Pero hay una frontera que nunca deberíamos olvidar:

aprender continúa siendo una actividad personal.

Nadie puede comprender por nosotros.

Nadie puede desarrollar nuestro pensamiento crítico por nosotros.

Nadie puede entrenar nuestra perseverancia por nosotros.

Y quizá esa sea la gran lección que podemos extraer de PISA en plena revolución de la inteligencia artificial:

No necesitamos proteger a nuestros alumnos de la IA. Necesitamos enseñarles a utilizarla sin renunciar al esfuerzo de pensar.

Porque la tecnología puede cambiar.

Las herramientas pueden cambiar.

Incluso la escuela cambiará.

Pero nuestra responsabilidad sigue siendo la misma: formar personas capaces de comprender, analizar, cuestionar, decidir y pensar por sí mismas.

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